La Junta Comunal 13 impulsa que sea reconocida como Sitio de Interés Cultural, en homenaje a una historia familiar que se convirtió en parte de la identidad de Colegiales
Hay comercios que venden productos y otros que, con el paso de los años, terminan vendiendo también recuerdos. En Colegiales, la panadería Santa Ana pertenece a esa segunda categoría. Desde hace casi 75 años, la esquina de Conde 1502 y Virrey Avilés forma parte de la vida cotidiana del barrio: generaciones de vecinos pasaron por su mostrador y algunos de sus productos terminaron convirtiéndose en verdaderos clásicos locales.
Ahora, esa historia podría recibir un reconocimiento formal. La Junta Comunal 13 impulsa la declaración de Santa Ana como Sitio de Interés Cultural, una iniciativa que busca poner en valor no solamente la antigüedad del comercio sino también su vínculo con la identidad y la memoria de Colegiales. La panadería fue inaugurada en 1951 y el próximo 1° de septiembre cumplirá 75 años de actividad ininterrumpida.
La propuesta llega en un momento en el que los comercios tradicionales adquieren una dimensión que excede lo estrictamente comercial. En barrios que cambian rápidamente, aquellos lugares que logran sostener una actividad durante décadas funcionan también como puntos de referencia para reconocer cómo era y cómo fue transformándose la vida cotidiana porteña.
Una historia familiar detrás del mostrador
Santa Ana nació de la mano de Benjamín Cires, un inmigrante llegado desde Asturias que encontró en la Argentina la posibilidad de desarrollar el oficio con el que siempre había soñado. En 1951 consiguió comprar el local y la vivienda de Conde y Virrey Avilés, donde la panadería continúa funcionando hasta hoy. Con el tiempo, el negocio pasó a la siguiente generación. Benjamín Cires hijo tomó las riendas de la panadería en 1998 y fue entonces cuando apareció uno de los productos que terminaría identificando al comercio: el denominado “pan hueso”.
Su particular forma, elaborada con dos partes de masa unidas, hizo que rápidamente los vecinos lo adoptaran como una especialidad propia de Santa Ana. La fama del producto trascendió las fronteras de Colegiales y convirtió a la panadería en un destino buscado también por quienes llegan desde otros barrios. La propia Ciudad incluyó a Santa Ana dentro de uno de sus recorridos turísticos por Colegiales. El circuito destaca, además, los murales ubicados en la esquina, donde aparecen representados los padres de Benjamín, los fundadores del comercio.

Mucho más que una panadería
La historia de Santa Ana también está asociada a una forma de hacer comercio que parece pertenecer a otra época: producción artesanal, atención personalizada y una relación directa con los vecinos.
En 2025, la panadería volvió a ser noticia por otro de sus productos tradicionales, el pan dulce genovés, que se elabora durante todo el año y adquiere especial protagonismo durante las fiestas. Para entonces, el comercio continuaba siendo atendido por integrantes de la familia Cires, manteniendo una tradición que atraviesa varias generaciones.
Ese vínculo con el barrio es, precisamente, uno de los elementos que le dan sentido al pedido de reconocimiento cultural. No se trata solamente de conservar una fachada o un antiguo local comercial, sino de reconocer una historia que forma parte de la memoria colectiva de una comunidad.
La memoria también se construye en las esquinas
Colegiales atravesó en los últimos años una profunda transformación urbana y comercial. Nuevos emprendimientos gastronómicos, edificios y propuestas inmobiliarias modificaron parte del paisaje del barrio. En ese contexto, comercios como Santa Ana representan una continuidad difícil de encontrar en una ciudad en permanente renovación.
La iniciativa para declararla Sitio de Interés Cultural propone, justamente, reconocer ese valor antes de que el paso del tiempo convierta estas historias en fotografías de otra época. Si el reconocimiento avanza, Santa Ana tendrá algo más que un aniversario para celebrar: contará con una distinción que pondrá en palabras una realidad que los vecinos de Colegiales conocen desde hace décadas.
Porque hay lugares que forman parte de un barrio por estar en una determinada esquina. Y hay otros que forman parte de su identidad porque, simplemente, nunca dejaron de estar allí.



